Porque cuando alguien sabe hablar bien, se presenta con elegancia, tiene contactos importantes y cuenta una historia que inspira admiración es fácil pensar:
Esta persona debe ser confiable.
Pero la historia ha demostrado algo que lucir confiable no siempre significa ser confiable.
Así ocurrió con Elizabeth Holmes, una mujer joven, brillante, presentada como la próxima gran innovadora de Silicon Valley.
Vestía de negro como Steve Jobs, hablaba con seguridad, tenía inversionistas poderosos detrás.
Pero cuando todo se derrumbó, las consecuencias fueron enormes:
Cientos de millones de dólares perdidos, una reputación destruida y una sentencia de más de 11 años de prisión por defraudar a sus inversionistas.
Lo mismo ocurrió con Jeffrey Epstein.
Un multimillonario rodeado de políticos, empresarios, celebridades y personas influyentes.
Durante años, su dinero, sus contactos y su vida social le dieron una imagen de poder y acceso.
Hasta que en 2008 su historial criminal salió a la luz y fue condenado por delitos sexuales relacionados con decenas de menores de edad, y años después murió en prisión mientras esperaba su juicio por cargos de tráfico sexual.
Y después, muchos se preguntaron: